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miércoles, 25 de enero de 2017

LAS HOJAS.

Las hojas comenzaron a caer sobre su cuerpo, los sentimientos en él eran confusos: rabia, tristeza, angustia, pero sobre todo rabia. Sentía una rabia inalienable hacia nadie en particular.
Las hojas siguieron cayendo, su cuerpo estaba casi cubierto por completo de aquellas hojas crujientes y otoñales. Parecía que todos los arboles del mundo habían decidido depositar sus hojas en desuso sobre aquel cuerpo indefenso que no podía defenderse siquiera de aquel follaje.
Parpadeaba, solo parpadeaba; era lo único que aquel cuerpo podía hacer, y resoplar para apartar las hojas de su rostro. Pero cada vez le resultaba más difícil.
Sintió al viento cantar y a la hojarasca danzar alrededor de sus oídos, entonces pensó que el manto que cubría su cuerpo se uniría a aquella compañía de canto y danza y que por fin quedaría libre. Pero se equivoco, el manto siguió sobre su cuerpo y las hojas danzantes terminaron su baile sobre el colchón de hojas que cubrían aquel cuerpo.
Ya no sabía si era de noche o de día, las hojas lo habían cubierto por completo. Trato de divisar luz a través de los pequeños huecos que las hojas dejaban pero no lo consiguió. Pensó si el aire que se filtraba por esos mismos espacio le sería suficiente para respirar y sobrevivir. Y concluyo que lo mejor sería que no, lo mejor sería morir bajo aquellas hojas que ya se habían convertido en su tumba en vida. Pero claro que él no tenía el poder de decidir.
La montaña de hojas cada vez era mayor, podía sentir el peso sobre su cuerpo. Intentaba moverse, pero toda la fuerza que anhelaba hacer para mover alguna extremidad de su cuerpo se depositaban en la gestualidad de su rostro. También intento gritar varias veces, pero no tenia voz, y no sabía porque, no sabía porque estaba mudo y porque todo su cuerpo estaba paralizado.
De la misma manera que sentía que lo mejor sería morir, ya que su cuerpo era completamente inútil para desparramar un montón de hojas, también guardaba la esperanza de que alguien lo encontrara. Algún limpiador de parques que recogiera las hojas, algunos niños gustosos de jugar en aquella enorme montaña de hojas. Pero el tiempo corría y nadie sacaba las hojas de aquel lugar.
 Se podía ver un parque completamente limpio de hojas secas, salvo por un rincón, aquel rincón donde todas las hojas iban a parar, una montaña enorme que esperaba una quema controlada para hacerlas desaparecer.
Aquel cuerpo sentía que había resistido más de lo que cualquier cuerpo podría resistir sin agua y comida bajo la intemperie. Nada de lo que estaba sucediendo era normal, la única explicación era que todo fuese un sueño, un sueño interminable tal vez producido por un coma. No cabía dudas, aquella era la respuesta, por eso  no podía mover su cuerpo, por eso  no podía gritar. Estaba en un estado de coma luchando por su vida. Esa era la respuesta que aquel cuerpo cubierto de hojas quería tomar como racional. Todo lo que estaba viviendo era un sueño de coma, tal vez si lograba sacarse aquellas pesadas hojas de encima conseguiría divisar un triste y frio cuarto de hospital.
Se dio cuenta de algo más, lo que le hacía pensar más fervientemente en la teoría del coma. No dormía, desde que las hojas habían comenzado a caer sobre su cuerpo no había dormido, o al menos eso era lo que él sentía. No creyó estar muerto, no aun, le resultaba una situación demasiado rara para la muerte. Aunque desde ya nunca había estado muerto, le parecía que una eternidad como castigo bajo un montón de hojas era algo absurdo.
Algo nuevo sintió en su rostro, era algo que aun no había sentido desde que había quedado sepultado en vida bajo aquella montaña de hojas, sintió su cara húmeda, era la única parte de su cuerpo que aun sentía sensibilidad. Sintió como las hojas mojadas se pegaban en su rostro. Dedujo que obviamente estaba lloviendo. Era una sensación demasiado clara y perturbadora como para no ser cierta o pertenecer a un viaje de coma.
Algo nuevo se le vino a la cabeza, en realidad era algo que ya se le había cruzado pero no con tal lucidez. Pensó que si todo lo vivido era inducido por un coma, ¿qué tanto tendría de cierto y, que otro tanto de fantástico inducido por los narcóticos que tal vez le estuviesen suministrando, o quizás  por la confusión en sí? Si lo fantástico eran las hojas sobre su cuerpo y lo real su cuerpo completamente carente de sensibilidad y movimiento, lo mejor sería que aquellas hojas terminaran por asfixiarlo.
Comenzó a desesperarse, era otra sensación que hasta el momento no había experimentado. Ya no tenía certeza si estaba vivo, muerto, bajo un coma, o simplemente soñando confusamente por el abuso de drogas o alcohol. Lo cierto era que ya no quería seguir así, no quería sentir más aquellas hojas sobre su rostro, llenándolo de oscuridad, cubriendo sus oídos del sonido que las hojas secas dan,  y también cuando están mojadas por la lluvia.
Lo que lo volvía loco era la incertidumbre de no saber por lo que estaba pasando. ¿Cuánto tiempo más podría estar así?  Cuando su mente terminaba de formular aquella pregunta sintió los parpados fuertemente pesados y la oscuridad que le brindaban las hojas cambio por la oscuridad que el sueño trae. Al parecer aquel cuerpo finalmente se había quedado dormido. Tal vez cuando despertase nuevamente encontraría la claridad de su confusión. 
No pudo estimar cuanto tiempo estuvo dormido sin soñar imágenes, pero cuando despertó se encontró en la misma situación en la que se había dormido. Bajo un montón de hojas y, con todo su cuerpo paralizado. Entonces lloro, no tenía más que hacer  que llorar y resignarse; Tal vez esperar un milagro, porque estaba paralizado o muerto, o quizás a punto de morir. Él no lo sabía, todo era pura confusión.
Su estomago crujió, se dio cuenta que sentía hambre, y también se dio cuenta que sentía sed. No sabía si en el estado de coma o en la muerte, o quizás antes de morir se sentían aquellas necesidades fisiológicas. Así que aquellas nuevas sensaciones no cambiaban su confusión en lo absoluto. Metió algunas hojas aun húmedas en su boca y trato de estrujar toda su humedad lo más posible, pero no consiguió demasiado. Seguía sintiendo sed y hambre.
Comenzó a tragar hojas desesperadamente lo más que podía, no lo hacía con la intención de saciar su hambre, sino con la intención de ahogarse con ellas y ponerle fin a su vida si era que aun estaba vivo.
Las hojas fueron amontonándose en su garganta y comenzó a producir arcadas. Pudo sentir que se ahogaba, pudo sentir que le costaba respirar. Las arcadas eran fuertes pero no vomitaba nada más que baba seca, bilis, y no era suficiente como para ahogarse en su vomito. Pero sin embargo su plan le estaba dando resultado, las hojas estaban logrando asfixiarlo.
Las hojas que habían sido amontonadas prolijamente para ser quemadas no lo fueron. La lluvia había arruinado aquel plan. Una topadora las levantó a todas juntas y las deposito en un volquete de basura para que allí terminaran de pudrirse. El musgo que se formaba le daba una nueva vida a aquellas hojas muertas, un nuevo ecosistema de microbios y gusanos daban vida en aquel cuerpo donde el musgo se encarnaba y se colaba hasta los huesos; y aquel cuerpo invalido solo con lucidez mental seguía en su confusión tratando de descifrar su sueño de coma, su purgatorio, su muerte concreta o su final de vida.
Ya no era un cuerpo inerte tapado por hojas, ya no era una persona, ya no era nada que se asemejara a dicha descripción. Ya no era un ser viviendo en dicho plano terrenal. Él mismo se convertía en un nuevo universo, un plano sobre otro plano, un dios creador de un nuevo orden, un orden plagado de insectos y gusanos. Un mundo putrefacto de hojas y cucarachas donde él era el mismo centro de la creación, tan real para esos seres, como tan irreal para su humanidad que dejaba de serlo. Poco a poco fue dejando de respirar, dejándose llevar por esa irrealidad, haciéndose cargo de que un nuevo mundo habitaba en él, y que nada podría hacer para cambiarlo


miércoles, 18 de enero de 2017

El señor charles

Fumando su cigarro, bebiendo su vaso de alcohol pretencioso y barato. Se estimula a través de la presión. Me mira sin mirar y yo me pongo cada vez más nervioso. Él espera y yo me harto de esperar. Tenemos que largarnos, no sé qué hacemos todavía en aquel bar de mala muerte. Corremos peligro  y el señor charles lo sabe. Pero es así, siempre peleando contra su alter ego, pero la puta madre, yo ya no distingo a  su yo y a  su otro yo. Creo que él tampoco ya lo distingue, tal vez ni le interesa, lo más probable es que no sepa que lo tiene. Pero lo cierto es que corremos peligro y no me animo a decirle: “viejo levántate y rajemos de este lugar antes que terminemos con la yugular abierta”. Pero no me animo, tal vez porque tema a que si abro mi estúpida boca el viejo charles me abra sin suspirar mi maldita garganta…
Enciendo un cigarro, bebo un sorbo de mi vaso que contiene aquella bebida alcohólica que no se bien que mierda es pero que el viejo parece disfrutar mucho. Charles parece tranquilizarse, y yo me pongo aun más nervioso. ¿Porque ese tipo tiene esa personalidad que llega a desesperarme? Y aun peor. ¿Por qué sigo trabajando con él, porque sigo dejándome envolver en sus locuras que terminaran por hacer de mí un cadáver tenso e infeliz?
-Por qué tienes miedo -El viejo charles hablo.
No podía creerlo, el viejo había leído mis pensamientos y estaba respondiendo a mi pregunta en voz alta. Tal vez  yo había hecho un soliloquio, pero el viejo no lo había interpretado de dicha forma y había decidido escucharme. Pero no, para mi suerte mental nada de eso había sucedido. El: “por qué tienes miedo” no era tal, sino que era un “¿Por qué tienes miedo?”, una pregunta al estado actual de mi ánimo. El maldito viejo unos segundos atrás estaba hecho una bola de nervios; no podría decir que con miedo, pero si muy nervioso, y ahora me preguntaba que porque tenía miedo. ¿Acaso no era obvio?
-¡Porque estamos solo a cinco cuadras de donde matamos a la mujer, porque tú me pones nervioso con tu forma de ser, porque sabes bien que nos vendrán a buscar aquí, porque saben quiénes somos, tú me lo dijiste. Una vez que matamos a la mujer me dijiste que el marido te conocía y que no trabajabas para él, y que sabría de inmediato que tú la habías matado. Eres un viejo de miera, porque no me dijiste que era una venganza personal!
-¡Ya cállate!, tienes tu dinero no. Además nunca te dije que era una venganza personal porque no lo es. Yo no hago esas cosas por placer o venganza, soy un simple asesino a sueldo, mato por dinero. Y bien sabes que no siempre lo he hecho, en estos últimos tiempos tuve la maldita costumbre de andar aceptando dinero por matar gente. Pero es un vicio que quiero sacarme, de lo que realmente me arrepiento es de haberte metido a ti en esta suciedad. Aunque solo me acompañes y no te ensucies las manos, yo hago el trabajo sucio. Pero igual estábamos mejor cuando éramos ladrones de guante blanco y yo un alcohólico fracasado. Quise ponerle un poco de pimienta a mi vida y me fui de mambo, no estoy para esto, soy un viejo. Y por otro lado, porque no te marchas si quieres. Acaso estoy apuntando con un arma tu cabeza para que no muevas  tu culo de esa maldita silla.
El viejo tenia razón, él no me estaba obligando a quedarme, y sin embargo yo seguía sin mover mi sucio culo de aquella silla que venía a ser como una suerte de lotería para mi vida.
Cuatro sujetos entraron en aquel roñoso bar y supe que todo estaba perdido. Puse mi mano derecha sobre el revólver que llevaba en la cintura y el viejo charles me dijo: “ni se te ocurra, no seas boludo, de esta salimos vivos sin tirar un tiro”…
Insoslayablemente desconcertado me tenía la actitud de charles, aunque siempre se comportara de la misma manera yo no podía superarlo. No podía adaptarme a su forma de ser, ese ir y venir del nerviosismo a la tranquilidad, sus cambios de ánimos abruptos. Todo el tiempo lo sentía pelear consigo mismo tratando de ganarle quien sabe a qué parte de su endemoniado ser. El viejo no se ponía nervioso porque tuviera miedo, simplemente era un arranque de su personalidad, y quizás tampoco se pusiera nerviosa, tal vez era solo la perspectiva de mi mirada sobre él; y no poder descifrarlo me enloquecía.
Había decidido que aquella sería la última vez que trabajaría junto a el viejo charles, huiría para nunca más volver a verlo, si es que salíamos vivos de aquella situación. Como yo soy el narrador, es obvio que salimos vivos. Tal vez algún día les cuente como conocí al viejo charles, es una historia más que interesante, pero hoy no será el caso. El punto en esta historia es que yo estaba muerto de miedo y no apartaba la mano de mi arma. Uno de los cuatro sujetos di un paso hacia mí y casi imperceptiblemente deposito su revólver sobre mi sien. El viejo charles hablo con tranquilidad:
-Saca esa arma de la cabeza del chico, el pobre está asustado. Y tú, pon tus dos manos sobre la mesa. –Ambos obedecimos sin contradecir a charles. Mientras que otro de los cuatro sujetos arrimaba sillas a nuestra mesa.
-Mataste a mi esposa. –Un sujeto viejo, de pelo entre cano que parecía ser el jefe fue quien hablo.
-Lo siento, pero debía hacerlo, me pagan por ello.
-Nunca pensé que tuvieras las agallas para hacerlo.
-¿Por qué? ¿Puesto a que es tu mujer, o debido a que es mi joven media hermana?
-No lo sé, tal vez por miedo a que yo te mate.
-No te la agarrarías con migo, se perfectamente que irás directo al generador, y no al ejecutor. Por otro lado esto fue muy conveniente para ti, querías matarla pero tú si no tenías las agallas. Y te comprendo, no es fácil matar a la persona que uno ama. Para mí no fue más difícil que matar a una persona cualquiera. Para mí no era nadie, y sabes que esa hija de puta me estafo y me dejo en la ruina. Pero ese no era motivo para que yo la matase, no soy un desquiciado rencoroso. Solo un asesino a sueldo. Pero tú si tenías motivo, al igual que el que me ordeno matarla. La perra era bígama, que bien se las hizo, además de estafarlos por mucho dinero. Pero lo peor de todo es que ambos siguen enamorado de ella por más que disfruten que esta muerta, agradeceme cuñado, hice lo que nunca te animarías a hacer
Aquel relato hecho por el viejo me descolocaba una vez más, simplemente no podía concebirlo como cierto. El viejo una vez más volvía a sorprenderme, encendí nuevamente un cigarro y pedí otra copa. Ya no podía imaginar cómo mierda terminaría todo aquello. Tal vez todo era un sueño, como esos sueños de coma, yo era el paciente moribundo y ni siquiera conocía al maldito charles. Me estaba muriendo y delirando en la cama de un hospital mugriento y repleto de gérmenes asesinos. Pero decidí que lo mejor sería no estar al borde de la muerte y tomar aquella realidad y aceptarla. Como si en verdad yo pudiese decidir mi destino ante la muerte.
Lo que teníamos era que el viejo charles me había utilizado para acecinar a su media hermana. En verdad la palabra correcta no sería utilizar, puesto que yo cobraba por mi trabajo, lo correcto sería decir que me había ocultado información. Y que además le había hecho un favor a su cuñado o ex cuñado, daba igual. Pero además tenía otro cuñado, el tipo que le había pagado para matarla, el tipo del cual el cuñado de charles que teníamos sentado junto a nosotros se encargaría de acecinar, al menos era lo que yo venía entendiendo de aquella charla tan rebuscada para mi mente y realidad. Charles había asesinado a su hermana sin que le temblase el pulso y además había cobrado por hacerlo, como un verdadero profesional. Ahora le daba explicaciones al damnificado, pero no con la intención de no ser liquidado por el sujeto, sino como un acto de mera cortesía. Charles sabía que su cuñado no lo asesinaría, porque al parecer le estaba haciendo un favor sin que este se lo pidiese. Y por más que al sujeto le doliese en el alma la muerte de su esposa, sabía que era algo necesario y que charles se lo había resuelto. Entonces no lo mataría, sino que se lo agradecería dejándolo vivo y desquitaría toda su ira con el otro esposo de su difunta mujer. Hasta ahora no le había hecho daño porque sabía que dicho hombre había sido engañado al igual que él, entonces se compadecía, y no encontraba motivo para matarlo. Hasta aquel momento que había decidió quedarse con la vida de su mujer. Era una cuestión de orgullo machista y criminal. El asesino intelectual de la hermana de charles tenía los mismos sentimientos para con su rival a quien no conocía pero sabía que existía. La diferencia fue que este se animó a ejecutar sus más bajos instintos encargándole el asesinato al hermano de su mujer sin saber que estos dos fuesen parientes; y claro, charles jamás se lo aclaro ¿Pero como supo el cuñado de charles que el viejo había ejecutado el asesinato? Sin dudas charles se lo había avisado de alguna manera, minutos antes de matarla, quizás. El viejo le había advertido como para que este interviniera y detuviera aquella ejecución. Pero sin embargo había dejado actuar aprobando el accionar de charles. Y ahora se juntaban para dejar las cuentas completamente claras. Esto es lo que yo deduzco, porque en verdad no lo sé a ciencia cierta. No me moleste en averiguarlo, estaba agotado de toda aquella vida y quería cortarla definitivamente. Aquel era asunto de ellos y no mío, cuanto menos supiera mejor.
No se dijo mucho más en aquella insólita reunión, los sujetos se marcharon, y el viejo charles se despidió de mi diciéndome: “NOS VEREMOS EN EL INFIERNO”. Pero yo no concebía al infierno como mi lugar en la eternidad. Charles estaba viejo para cambiar y tampoco quería hacerlo. Pero yo estaba dispuesto a hacer hasta lo imposible para redimirme y encontrar la paz en mi lecho de muerte.


martes, 17 de enero de 2017

blues

Sin dudas mi cabeza era un tremendo blues, denso y contundente, lleno de preguntas y nostalgias.
Tal vez me di cuenta de algunas cosas, pero solo de las que quise comprender. El sol brillaba demasiado para mi gusto, me sentí un fantasma, quise ocultarme con ellos pero yo estaba demasiado vivo. Entonces camine, solo, enfrentando a aquella imponente bola de fuego con orgullo. Como si lo que en verdad estuviera enfrentando fuera mi destino, mi propia vida.
Me colgué de un tren sin rumbo. Claro que el tren tenía rumbo, el que no lo tenía era yo. Otra vez escuche esa monótona melodía, como si le costase arrancar, tan brillante, demasiado trasnochada.
Parecía que aquel tren todo lo dejaba atrás, todo el pasado se esfumaba con cada estación; sin embargo lo único que quedaba atrás eran las estaciones y nada más.
Solo me baje del tren porque tenía ganas de fumar; en otra etapa de mi vida no muy lejana habría encendido el cigarrillo en el vagón sin que nada me importase. Tal vez porque ahora ya tenía un hijo pensaba las cosas de otra manera, con otra reflexión. Sin embargo no todas mis reflexiones se volvieron más sensatas, en algunas cosas seguía siendo el miso  soñador, el mismo trasnochado.
Camine, estaba lejos de casa pero eso no me importaba, sino que me relajaba bastante. Por alguna extraña razón me sentí libre; aquel sentimiento me sorprendió, porque hasta aquel momento siempre había pensado que era libre.
Sonreí y seguí caminando por aquellas calles no santas donde todo lo malo se puede encontrar. Si quisiera exagerar diría que hasta el diablo tiene miedo de pisarlas. Pero yo estaba tranquilo y seguro, porque no creía en diablos ni santos.

Ya sin cigarros y sin un centavo en el bolsillo llegue de nuevo a casa. Escuche sin oír a mi mujer y sonreí junto a mi hijo. Luego me acosté en el sofá y me dormí, escuchando aquel crudo y apacible blues de mi día rezonando mi cabeza.

viernes, 13 de enero de 2017

INTENTO DE POESÍA A FALTA DE ALGO MEJOR

Nunca me creí un poeta, es más, en mi vida leí poesía. Pero sí soy una persona de sentimientos; suelo conmoverme, aunque en algunos momentos de mi vida soy un total insensible. No es ciclotimia, simplemente ambigüedad de sentidos. Pero había una razón que ahora me llevaba a querer escribir poesía. Claro está, la razón era una mujer, la única mujer que había logrado doblegarme. Yo me consideraba un macho, un verdadero hombre, no así un machista. Era de aquellos que no derramaban lágrimas por una mujer, que no mendigaban cariño, que en lo inmediato remplazaba una mujer por otra. Pero esta vez era un niño solo. Aquella mujer me había hecho añicos, y le suplique y llore por ella, deje mi honor en un rincón convirtiéndome en un perro sin hogar, un perro que solo quiere un amo que lo proteja. No en un perro noble de callejear. Entonces escribí una canción para lavar mis culpas, porque en principio me creía culpable, pero la única culpable era ella. Aquella canción tenía poesía, pero no era lo que buscaba, por alguna razón buscaba algo más puro, entonces la rompí y trate de ser un poeta maldito, lleno de angustia y desamor. Me emborrachaba y me hacia el confundido, el distinto, porque estaba verdaderamente lastimado en lo más profundo de mi sentir.
Escribía versos cursis ahogados de lágrimas y alcohol, cosas verdaderamente estúpidas, pero sinceras. En cada párrafo no podía evitar la palabra ¡puta!, pero no podía entregarle un poema que la tratase de puta. Pero era lo único verdaderamente natural que me salía dejando la cursilería de lado. Entonces, ¿por qué no tratarla de puta si era lo que más sincero salía de dentro de mí ser? Claro que todo lo demás también era sincero, pero a la vez vacío
La amaba, por eso quería escribirle una poesía, convertirla en mi musa, ser yo su único poeta, ya que ella era mi pesadilla onírica y despierta. Yo quería recuperarla, quería demostrarle que aun la amaba, al menos eso pensaba cuando se me ocurrió escribirle una poesía. Pero en mis decenas de intentos de conseguir tan preciada lírica comprendí que había algo más; algo que tenía que ver más con la sinceridad que con el romanticismo. Existía el rencor en mi, sentimientos cruzados. Comprendí que quería decirle que la amaba, pero a la vez quería decirle que la odiaba, que había arruinado mi vida. Pero no aparecía en mi inspiración poética para demostrarle o contarle mi desprecio resiente hacia ella. Un desprecio que por tal no dejaba al ser enamorado de lado ¿o sí? El hecho es que solo con bronca, con austeridad, con honestidad bruta. Solo de aquella forma podía decirle lo malo que sentía por ella. No con dulce poesía. Por eso la palabra "puta" aparecía mecánicamente cada vez que comenzaba a escribir algún verso pretencioso de inspiración romántica.
Recapitule: En principio yo me sentí culpable; ella había conseguido que yo me sintiera así. No digo que no tuviera razón. En algunos aspectos puedo llegar a ser una persona descuidada. Y tal vez descuide un poco sus sentimientos: pero de ninguna manera era el culpable de todo. Me había envuelto en una maraña de palabras y llantos tristes, llenos de compasión. Se victimizaba, y yo la creí víctima. Pero en verdad la única víctima era yo. Después de todo era el engañado; ella me había mentido, y no al revés. Sin embargo quise escribirle un poema, pero lo único que fluía con avidez era la palabra "puta" una y otra vez. Puta, puta, puta. Podía llenar docenas de hojas con dicha palabra. Comprendí que esa era mi poesía, pues yo no era un poeta, y un desengaño amoroso no me convertía en tal. Era un hombre herido, triste quizás, pero no un poeta. Solo un hombre resentido que sin dudas no había podido perdonar. Era un hombre enamorado, pero no sabía perdonar, un resentido sin dudas, por eso la palabra puta.
Hice un bollo con la hoja y la tire al tacho de basuras junto con las demás. No valía la pena seguir intentado jugar al poeta maldito. Después de todo no tenía sentido, ella no volvería conmigo y yo, jamás la perdonaría.

jueves, 12 de enero de 2017

la vida de los otros

en breve empezare a dejar reseñas de mi libro que esta al salir La vida de los otros, y a demás otros tantos cuentos, de mi autoría que andan perdidos por ahí

literatura, una y muchas visiones

la literatura no solo se encuentra en los libros, sino en cada vida que no carezca de pasión, al igual que la música que se desata de cada alma sensible, es la música que se percibe no solo a través de los oídos, sino a través y cada uno de los sentidos. como la literatura que da vida a los personajes, ya estén en un libro q luego se cerrara y allí morirán hasta que alguien mas decida abrirlos y otorgarle vida momentánea. como el señor que cruza la calle, y la imaginaciòn arma toda una historia ajena a él, y tan propia para el que la imagina. hasta que ese señor desaparezca y la historia se redirija a otro ser cualquiera. una mujer, un niño, un perro. da igual eso no importa, sino lo que importa es el poder de la imaginaciòn que todo lo crea, y todo lo destruye, tan efímera y eterna de lo que uno pretenda. en el mundo todo se subleva a la imaginaciòn, hasta el propio universo. y tal vez esa sea la única realidad posible.