La situación
Me dormía pensando en dicha situación, me despertaba
pensando en la misma; y para colmo de males mis días transcurrieran pensando en
esa situación. Y me preguntaba, ¿no debo ser el único al que le ocurre? ¿Debe
haber cientos, seguro miles de personas a las que les suceda lo mismo? Pero
para ser sinceros aquello no resultaba consuelo para mí. Yo ya no quería que me
ocurriera esa situación maldita, ese pensamiento que jamás se alejaba y cada
vez se hacía más y más presente.
Si me sentaba a tomar un café en algún bar, siempre lo
hacía del lado de afuera, por más que hiciera un frio que escarchase mi frágil
barba, o diluviase, o el calor fuera tan insoportable que lo que uno menos
quiere es estar del lado de afuera, que parecería ser el mismo infierno, sino
que busca un lugar del lado de adentro del mundo con aire acondicionado. Pues a
mí no me importaba nada de eso, si me sentaba en un bar quería estar del lado
de afuera, son dos mundos completamente distintos, eso lo sabe cualquier
mortal, y aunque no lo crean, hace a la diferencia de las personas. Volviendo
al tema de dicha situación que me perseguía amenazantemente y, conectándola con
el tema del bar, a lo que quería ir es que ahí estaba. La persona que se
sentaba del lado de adentro del bar, la persona que se sentaba fuera del bar
que tenia mayor similitud con migo, en todos ellos estaba la situación, mujer,
hombre, no importaba. No importaba el sexo, la religión el país de origen, la
provincia abandonada y entrañablemente recordada. Todo me comunicaba con la
situación. El dilema era que la situación que me perseguía y me atormentaba no
estaba en esas personas, ni en el mozo del bar, ni en los colectivos o taxis.
Estaba en mi cabeza, de eso no había duda.
Necesito
detenerme por un instante y explicar algo. No estoy loco, la situación es real
y existente. Quizás si me haya vuelto un poco paranoico. Pero cuando digo que
está en mi cabeza es justamente por eso, porque no puedo librarme del
pensamiento, pero la situación es fáctica. El dilema es como dejar de pensar en
ella, si ya no se quiere pensar en ella, ¿cómo alejase de ella? si ya no la
quiero cerca. Y sobre todo, como poder descansarde ella, y lo digo
literalmente. Apoyar la cabeza sobre la almohada y dormir plácidamente, sin que
la situación me de vueltas todo el tiempo por la cabeza, por mi mente
perturbada. Quizás esa sea la palabra indicada, soy un perturbado, porque ya
les he dicho que no estoy loco, pero tal vez si perturbado. Ahora, ¿cual es la
distancia definitiva entre la perturbación y la locura? Quizás sea más corta de
lo que uno piensa, pero pensar en ello me volvería loco. Me perturbaría tanto
que terminaría por enloquecer, entonces estando loco la situación que me
persigue ya no sería real, al menos para el resto de los mortales, porque quien
le creería a un loco nada. Entonces el dilema sería muy diferente, porque yo
estaría loco, pero con la certeza y la cordura de que mi situación per
siguiente y asechadora es puramente real. Pero terminaría por confundirme,
llegaría un momento en el cual ya no distinguiría mis raptos de cordura con la
locura concreta, y perdería la visión de la situación que me asecha gracias a
la gran negación de los demás, que han señalado tan arbitrariamente mi
situación para sentenciarla como parte de mi locura. Y si lo pienso bien, eso
no sería ningún problema, mi situación seguiría siendo real. ¿O acaso los locos
no creen en todo lo que imaginan?
El caso es que yo no quiero volverme loco, solo quiero
controlar mi situación, la gente controla sus situaciones todo el tiempo, se
abstraen de la misma, la niegan, salen a correr, las drogan o hacen yoga. Lo
importante es que las controlan, pero yo no lo consigo. Hay días que pienso en
pegarme un tiro. Debo hacer otro paréntesis y explicar que no tengo pulsiones
suicidas, no quiero pegarme un tiro para matarme. Dicha idea la saque de una
película en la cual el personaje se pegaba un tiro para matar a su otro yo.
Digamos al señor hyde, ya deben imaginarse a la película que me refiero. Bueno
el punto es encontrar, justamente dicho punto en mi cerebro donde se encuentra
presente mi situación a la que quiero desaparecer. Y con mucha sutileza pegarle
un tiro, el problema es que si no lo hago bien corro el riesgo de morir, y si
moriría todo el mundo pensaría que fue un suicidio, porque claro, quien
pensaría que el muy imbécil murió queriendo acecinar a esa situación que tanto
malestar le causaba. Y no me interesa quedar a la posteridad como un suicida.
Pensé en ver a un neurólogo, para que tratara de investigar mi cerebro y ver en
qué parte justa se encuentra dicha situación, así entre los dos poder ver de
qué manera pegarme el tiro para no terminar con mi vida. Fue una idea de la
cual desistí muy rápidamente. Ustedes dirán, porque no fue a un psicólogo, y yo
les responderé, ¡claro que fui a un psicólogo!, pero no me sirvió absolutamente
de nada, solo para perder tiempo y dinero. Se pusieron a pensar alguna vez que
un psicólogo es como un amigo pago, te escucha y te da consejos, pero por una
módica suma de dinero. El tema es que la situación sigue rondando en mi cabeza,
pero he de confesar que he logrado dominarla por lapsos muy cortos, en
principio lo considere un avance, si había logrado dominarla al menos por unos
segundos, eso quería decir que si me lo ponía como meta tarde o temprano
lograría tener el control absoluto de dicha situación. Lo que nuestra mente
quiere y fija es lo que conseguimos, la ley de la atracción. Entonces decidí
hacer un trabajo prolijo de tratar de dominar con mi mente aquella situación
que ya no quería más en mi vida. Y lo hacía, todos los días. Por consiguiente
todos los días seguía pensando en la misma situación y la misma seguía tan
pegada a mí como siempre. El simple hecho de pensar que no lo quería hacia que
lo pensara y que creciera cada vez más dentro de mí. La situación me había
dominado, me había oscurecido. Me resigne, que otra cosa podía hacer, si no era
capaz de abolir dicha situación que otra cosa podía hacer. ¿Tratar de convivir
con ella?, ya sabemos que las convivencias no son fáciles y con el tiempo
terminan por destruir a las parejas y separándolas. Entonces comprendí que la solución había
llegado. Esa maldita situación era mi pareja con la cual debía convivir, y como
yo ya no la quería a mi lado el tiempo se encargaría del resto, el dilema era
cuanto tiempo mas debía seguir conviviendo con alguien a quien no deseo, porque
también es sabido de la existencia de parejas que no se soportan, y quizás
hasta se odien pero crean tal simbiosis entre sí que no logran separarse, y por
consiguiente viven el resto de su vida unidos. Entonces, la aparente solución
ya no era tal, la decepción me había inundado, y me pregunte nuevamente que era
lo que debía hacer, por supuesto que no tenía la respuesta. Solo una cosa me
quedaba por hacer, esperar a la muerte, la muerte de mi amarga situación para
la liberación final. Pero otra pregunta me surgió, quien moriría antes, la
espesa y maliciosa situación, o tal vez yo terminaría muriendo antes que ella,
y entonces de esa manera seria ella quien se libraría de mí para siempre. No me
quedaba más que esperar, después de todo lo único que hacemos en la vida es
esperar, esperar el tren, esperar las doce para que sea navidad, esperar el
parto, esperar al amor indicado, esperar no envejecer aunque resulte imposible.
¡Esperar!, y yo debía esperar y tratar de no volverme loco en dicha espera.
Después de todo tarde o temprano la situación se cansaría de mí y se marcharía
tal cual el día que llego. Y si no, bueno, seguiremos juntos odiándonos en esta
vida hasta que la muerte nos separe.