La vida de los otros
Y si, la
buscaba, siempre la buscaba. Como a una seudo maga y yo un seudo Oliveira. Pero
claro, inmensamente alejado de eso; acá en cualquier barrio del conurbano
bonaerense, con su humedad y su desatino constante. Ninguna mujer en
particular, ningún reflejo de un amor pasado. Simplemente buscar, y a veces con
la suerte o el importuno de encontrar. Nunca la persona indicada, o al menos
nunca me quede con la persona indicada, aquella persona que me trajera paz y
tranquilidad, una mujer de catalogo para una vida de catalogo. Pero yo no podía
con eso, aunque lo anhelaba, la familia perfecta, los hijos, el trabajo, los
fines de semana fuera de la ciudad. Pero no, nada de eso estaba hecho para mí,
con mi constante melancolía con mi soledad, con mi mente complicándose siempre.
La mujer imperfecta es la mujer perfecta, porque no existe la perfección, ni
siquiera nos acercamos a ello. Solo asumimos un imposible poniendo a las
personas en ideales que no existen y nunca existirán. Por eso asumo la
responsabilidad del desequilibrio en la persona que busco, la mirada descreída
de la vida y un poco alejada de la realidad. Pero nunca serán mi espejo, no
busco reflejarme en dicha persona, ni siquiera busco que tengan similitudes conmigo,
sino todo lo contrario.
Siempre supe
que iba a desaparecer, si ella no lo hacia lo iba a hacer yo, eso estaba claro desde el primer
día que nos conocimos, tan claro para mí como para ella. Pero por alguna
extraña razón anhelaba que durase, que no desapareciera, que se quedase a mi
lado un tiempo más. Pero por supuesto que eso resultaría imposible. Yo no la
amaba pero quería amarla, ella no me amaba pero era lo más cercano que había
experimentado a un amor verdadero. Y los dos teníamos miedo, miedo de
separarnos, y miedo de que finalmente fuera amor. Que se yo, no ese amor
profundo que se siente tanto que logra lastimar, pero sí que aprendiéramos a
amarnos, a nuestra manera amarnos. Pero ese aprendizaje tampoco impediría que
la sensación fuera tal que también lograra lastimar.
Yo escribía
en secreto sobre ella, sobre todo en esos momentos de extravío que ella solía
tener, que podían durar horas, como una autista, sin decir palabras, con la
mirada perdida como una loca. O cuando dibujaba las paredes de nuestra casa
desamueblada, como si fuese una niña de cinco años. Ella tenía su propio mundo,
pero yo no lograba por completo tener el mío. Ella se alejaba de la realidad y ya,
para mí no era tan sencillo, yo debía acompañarlo con alcohol y pastillas.
Nunca me reprocho mis malos hábitos, creo que porque no le interesaba, o porque
nunca termino de percibirlos a completa conciencia.
Dormíamos en
un colchón sin cama, directo al suelo, pasábamos casi todo el día ahí, casi sin
comer, divagando sobre la vida, haciendo el amor a cada momento. Y ella
descaradamente entre cada pausa para nuestro próximo encuentro sexual me
contaba sobre sus aventuras sexuales del pasado y, sobre cada hombre con el que
se había acostado. Yo la escuchaba sin demostrarle celo alguno y, un poco
descreído de todas sus historias de líbido sexual. ¿Por qué iba a creer en todo
lo que me decía?, si tenía la posibilidad de elegir en que creer y en que no.
Yo prácticamente no hablaba de mis romances pasados, solo cuando ella insistía
demasiado y ya no había forma de evitarlo. Fumando un cigarro tras otro,
llenando el cenicero de amargura y soledad, ella gesticulaba con su rostro
dando a conocer su desprecio por el humo del cigarro, pero nunca me dijo con
palabras que le molestaba, y nunca me pidió que apagase un cigarrillo, y yo
nunca apague un cigarro por ella. Nunca hicimos nada el uno por el otro, más
que acompañarnos, y creo que eso era más que suficiente. Que más podíamos hacer
que acompañarnos en nuestras soledades, hasta que todo terminara por concluir,
y cada cual volviera a comenzar su vida desde cero. Un cero arbitrario, porque
hay tanto vivido, tanto malestar y alegrías que elegimos editar nuestras vidas.
Borrar todo aquello que nos hizo mal, y sin embargo el mal nunca desaparece del
todo. Si hablo como un maquineo es porque lo soy, ¿o a caso el mal no siempre
triunfa sobre el bien? Tengo cientos de ejemplos que podrían demostrarme lo
contrario, que el bien es un estado que uno mismo se lo impone a fuerza de
deseo, de cambios. Pero tal vez yo no
pueda con dichos deseos, quizás no quiera dichos cambios, edito mis recuerdos,
y sin embargo mi punto cero es para volver a las similitudes del pasado. Como
una especie de tara, karma, o una simple elección.
Siempre me
repetía lo mismo, una misma frase incomprensible para mí. Me decía mirándome a
los ojos sin mirarme realmente, atravesando mi mirada involucrándose tanto con
la nada misma que asustaba. Decía que un día lo tendría que ir a buscar, que
era necesario volver a tenerlo a su lado. Yo no preguntaba a quien o a que
cosa, solo le sostenía la mirada como jugando a aquel estúpido juego de quien
aguanta más la mirada sin pestañear. Yo siempre pestañeaba primero y en ese
entonces ella regresaba de la nada, y me sonreía con una dulzura que jamás se
la conocí a nadie. Pensaba en esa frase, claro que pensaba en esa frase, pero
terminaba de quitarle importancia. En principio pensaba que ella tendría que
buscar a aquella persona de la cual estaba enamorada, y de la cual nunca me había hablado, luego
terminaba por pensar que era una frase más, incoherente, producto de sus
desvaríos.
Cuando no
soportaba más el encierro ni a ella misma me iba a dar vueltas sin rumbo, a meterme en un bar
de mala muerte y beber el peor de los whiskies. Claro está que preferiría beber
el mejor y no el peor. Pero debía adaptarme a mis presupuestos. Siempre pensaba
en no regresar, en desaparecer, sabía que ella lo comprendería, que no se ofendería
si un día yo no regresaba y ya no volvía a saber más nada de mí. Pero siempre
regresaba, y en mi regreso fantaseaba con que ella ya no estaría allí, y que ni
siquiera un escrito sobre la pared me dejaría para advertirme que ya nunca
regresaría. Y yo tampoco me ofendería si al llegar a aquella casa, que ni
siquiera nos pertenecía, que la habíamos tomado como ocupas. Que nos habíamos
apoderado de ella por el solo hecho de verla abandonada y, sentir que la casa
nos necesitaba tanto como nosotros un lugar donde dormir. No me ofendería, solo
entendería que todo había concluido, y tal vez derramaría algunas lagrimas en
su nombre. Pero jamás trataría de volver a encontrarla. Sin embargo al regresar
ella siempre estaba ahí, con su cabello revuelto, sus ojos extraviados y
tristes.
-me duele
-¿Qué te
duele?
-tu
tristeza, te juro que me cala el alma.
¿Ella
hablaba de mi tristeza?, como si ella no lo tuviere, como si ella no estuviera
muerta en vida vaya a saber a causa de que. Pero sin embargo le creía, ella
sufría por mi tristeza aunque la suya fuese mucho más profunda. Su problema era
que ella sufría por el mundo, indudablemente le dolía estar viva. Yo no tenía
ese problema, a mi no me dolía estar vivo, yo aborrecía a la vida. Dos
potenciales suicidas viviendo bajo el mismo techo, dos sujetos que lo sabían
todo sobre la teoría del suicidio, cada porque, cientos de formas de cómo
ejecutarlo. Pero nunca sabrían la práctica de dicha enajenación sin retorno.
Durante un
tiempo tomo la costumbre de pasar largo rato observándose sobre un espejo roto
que ella misma había desquebrajado adrede, su rostro se partía y deformaba en varias
partes. Yo le había preguntado porque lo había hecho, ¿si no creía en la mala
suerte de la ruptura de los espejos? Pero ella no creía en supercherías, al
igual que yo, sabía que la mala suerte nada tenía que ver con conjuros
extraños, y es más, quizás la mala suerte ni siquiera exista. Solo somos
nosotros existiendo en un mundo multiforme, tomando y dejando lo que queremos.
Por un tiempo yo también tome esa costumbre, pero porque no me quedaba otra.
Era el único espejo que había en la casa y yo me veía obligado a mirarme en el,
sobre todo para afeitarme, cosa que se volvía lo bastante complicada, hasta que
un día decidí no afeitarme más. Ella tomo la costumbre de peinarme la barba y
mantenerla lo suficientemente prolija recortándola con unas pequeñas tijeras
que utilizábamos para cortarnos las uñas.
Llego un
momento que ya no la soportaba mas, o no me soportaba a mí, o a ninguno de los
dos, o ninguno nos soportábamos mutuamente, y ella no se soportaba así misma.
Sin embargo seguíamos juntos, sin la mínima necesidad de estarlo, o quizás era
todo lo contrario, nos necesitábamos tanto que no nos podíamos abandonar por más
que ya no quisiéramos seguir compartiendo el mismo techo de aquella casa que no
nos pertenecía, como tampoco nosotros nos pertenecíamos. Y no me quedaba más
que sentir pena, pena por ella, por mí, por los dos juntos. Y yo detestaba la
pena, pero no podía evitarla. Como iba a evitarla si éramos dos seres extraños
bordeando la locura, ella más que yo. Pero indudablemente los dos estábamos
desequilibrados, creo que la diferencia era que ella no lo notaba y yo sí. Por
lo cual ello me convertía en el más coherente de los dos, “extraña forma de
compadecerme a mí mismo”. No sabíamos mucho el uno del otro, de nuestros
pasados; para que indagar en historias de las cuales no fuimos participes, para
que curiosear en cuestiones que no vamos a poder cambiar y que tal vez ni
siquiera tengamos una palabra de consuelo o una risa sincera para una anécdota
pretenciosamente graciosa para el otro. Yo no sabía mucho más que de sus
historias de sexo. Y ella prácticamente de mi no sabía nada.
Volvía a
repetir: “un día lo voy a tener que ir a buscar”. Hasta que un día sin saber
bien porque le pregunte: “¿a quién?” porque en verdad no me interesaba a quien
debía de ir a buscar, y mucho menos estaba seguro si existía aquel alguien a
quien debía de ir a buscar.
-
Pensé
que no te interesaba
-
No,
no me interesa. Pero si queres podes contarme.
-
No
lo se
-
¿Que
no sabes?, ¿a quién tenes que ir a buscar?
-
Como
no voy a saber a quién tengo que ir a buscar. No sé si contarte, ¡si no te
interesa!
-
Y
eso que tiene que ver, estoy dispuesto a escucharte, si te hace bien contármelo,
puedo escucharte
-
No
sé, tal vez otro día, quizás el día que me vaya
-
¿Y
cuándo tenes pensado irte?
-
Como
voy a saberlo
-
Que
no te sorprenda que el que se marche primero sea yo
-
Entonces,
¿vos ya tenes decidido cuando irte?
-
No,
la verdad que no. Pero ya estoy un poco aburrido de todo esto, creo que me
siento un poco incomodo. Verte todo los días…, creo que ya no me hace bien
-
Si
es verdad, a mí tampoco me hace bien verte todos los días, tener que observar
lo triste que estas, y no poder hacer
nada por vos. Eso si me duele
-
Pero
vos no estás mejor que yo, vos no solo estas triste, sino que estas
prácticamente loca.
-
Es
verdad que estoy triste, eso no te lo voy a negar, lo de la locura lo podemos
discutir
-
No,
deja no tiene sentido
-
Claro,
la locura no tiene sentido, pero existe un sentido que te lleva a la locura.
Algo que ya no se puede controlar y te detona el cerebro. Calculo que eso debe
ser la locura, yo no lo sé.
-
No,
no tiene sentido que discutamos si estas o no loca, después de todo qué
importancia tiene.
-
¿un
loco se suicida?
-
Calculo
que no, calculo que quien se suicida es quien aun tiene la suficiente cordura
para ver que está entrando en los umbrales de la locura, y por ello se suicida.
Y vos estas viva
-
Por
el momento si
-
Vos
no sos capaz de quitarte la vida, en eso si somos idénticos, y no porque no
pensemos todos los días diversas formas de cómo hacerlo.
-
¿Y
vos decís que para suicidarse hay que sentir que la locura te está ganando?,
¿para vos no existe otro razonamiento que te lleve a semejante decisión?
-
Si,
por supuesto, deben existir miles de razones para querer terminar con la vida
de uno, y eso vos lo sabes bien, no hace falta que yo te lo explique. Pero toda
esta conversación ya me aburrió, me voy un rato, quizás tengas la suerte de que
ya no vuelva.
-
Te
puedo asegurar que no sería ninguna suerte.
Seguía
escribiendo sobre ella, y me daba cuenta que ya no había mucho de que escribir,
casi siempre volvía a lo mismo, a las descripciones calcadas de sus extravíos y
estados de ánimo. Como si fuese su médico psiquiatra analizando su
comportamiento en un cuarto de paredes acolchonadas en un frio, sucio y
despintado manicomio. Así que lo deje y tome otra afición. La de robarme
libros. De las bibliotecas, de las librerías, de los puestos callejeros. Si
pudiera comprarlos lo haría, pero mis ingresos eran lo bastante acotados y
tenía otros vicios que consideraba de mayor importancia en los cuales gastarme
mi poco dinero. Mi ingreso de dinero constaba con diversos tipos de invalidez
inventadas para mendigar con ellas. Tenía una gran facilidad para hacerme pasar
por sordomudo, ciego, rengo. Lo que fuera necesario para lucrar con ello.
También tengo un amigo que tenía una acordeón, de esas chiquitas que le llaman
verduleras, vaya uno a saber porque, cada tanto me la prestaba y yo hacía
alarde de mis dotes de falso músico en alguna estación de tren o en alguna
peatonal concurrida. Sabia dos o tres notas, y ninguna canción en especial,
pero debo decir que me las rebuscaba lo bastante bien en mis improvisaciones,
solo desafinando lo suficiente para que el oído entrenado de un músico pudiera
darse cuenta, para el resto de los mortales le resultaba indiferente. Mis
actuaciones no eran diarias, solo cuando ya no tenía un céntimo en el bolsillo
ni para comprar puchos. Lo que más cómodo me sentaba era mi actuación de falso
músico, pero no siempre tenía a mi disposición la verdulera de mi amigo, así
que cuando no estaba en mis posibilidades debía de recurrir a mis otros
personajes. Todos tenían un nombre distinto, una forma de hablar diferente, una
postura al pararse característica de cada uno de ellos. Todos eran mis otros
yo, tal vez un desdoblamiento de mi persona, y eso era lo que más me deprimía.
Ni uno de mis personajes lograba ser algo verdaderamente interesante, un falso
médico, un abogado estafador. Ni siquiera uno de esos pastores tránsfugas de la
televisión. El único que tenia al menos un poco de dignidad era Luca metre, el
falso músico. Los demás eran todos escorias de la sociedad, ojo, no digo que
Luca no lo fuera, pero al menos hacia algo para ganarse la vida y no solo dar
pena y estirar la mano para ser escupido o recompensado con la lastima
desapegada y sin rostro de las personas. El resto, como Horacio Hernández, el
ciego, eran la clásica escoria que la gente prefiere no ver, que prefiere
eludir, que preferirían que no existiesen. Esa gente que da pena, lastima y
asco. En ese orden, u orden intercalado, o cada sensación por separada, da lo
mismo. Yo observaba a las madres en las estaciones de subte, con sus niños tan
pequeños, casi siempre llorando y sucios al igual que ella. Cuando más sucios
mejor, calculo que esa es su lógica, si tenes mucha mugre encima es cuanto
mucho más pobre sos. Yo creo que eso no tiene nada que ver, yo soy pobre pero
me baño todo los días. Pero estas madres con sus hijos tal vez no tengan la posibilidad de bañarse al menos
día por medio. Yo puedo no tener jabón, pero al menos un lavado con agua me
doy. Yo creo que sus mentes están falsamente aceptadas en esa concepción. En
fin, esas madres con sus hijos me llenaban de lastima, eran mi competencia
directa, pero me llenaban de lastima. Y luego comprendía que yo ya no estaba
actuando, que era uno de ellos, un ciego sin ser ciego, un sordomudo sin serlo.
Porque me comportaba igual que ellos, yo creía que estafaba a la gente, pero en
verdad era un mendigo más. “Si era lo que hacía”. Mendigar. Claro que podría
trabajar de otra cosa, al menos intentar trabajar de otra cosa, yo no era
ningún discapacitado, pero por alguna razón había elegido dicha vida, al menos
por temporadas. Si pensaba mucho en ello no podía sentirme más que un
desgraciado, un verdadero estafador no hace lo que yo hago, dar lastima para
obtener limosna, era un ser despreciable para con migo mismo, vacío de alma sin
dudas, y sobre todo de anhelos. Pero en fin, se es lo que se es, y ahora además
era un ladrón de libros. Robaba cualquier cosa, lo que tuviera a mano, lo que
me hiciera correr el menor riesgo posible. Ir preso por robar un libro sería
realmente triste.
Leía dichos
libros hurtados tirados en el colchón, ella me observaba pero no me preguntaba
de donde los había sacado, solo los tomaba y los hojeaba cuando yo decidía
dejarlos a un costado, tirados en el suelo, quitándole absoluta importancia a
lo que estaba leyendo. Debo confesar que su actitud ya me molestaba lo
suficiente, nunca me preguntaba nada, pero yo tampoco lo hacía con ella. Ya no
comprendía si era una forma de venganza, si realmente se moría de ganas de
preguntarme cosas y solo no lo hacía, o si bien era como yo, una persona a la
que le importaba muy poco la vida de los demás. Sin embargo no me parecía una
persona tan egoísta como yo. Indudablemente ella no era como yo. Nada tenía que
ver conmigo, y sin embargo a la vez éramos tan asimilables que asqueaba. No nos
ayudábamos a salir adelante, solo nos
veíamos pudrir el uno al otro. Cada tanto me hacia una pregunta sobre algún
libro, pero no de donde los había obtenido, y comprendí que en realidad estaba
bien, ¿qué importancia podía tener para ella de donde yo había sacado el libro?
Daba igual, que importancia podía tener para mí de donde yo había sacado el
libro, la cosa estaba ahí para ser leída, para ser quemada, olvidada, para
disfrutarla u odiarla.
Cada tanto me preguntaba sobre algunos
autores, si los conocía, si los había leído antes o cosas por el estilo. Mi
respuesta siempre era que si, aunque nunca antes en mi vida hubiese escuchado o
leído su nombre en algún lado. Total, que importancia tenia, que importancia
tenía todo en nuestras vidas. Dos seres ignorantes, y yo pretencioso de ser más
culto que ella, tal vez por alguna vez leído algún libro de Dostoievski, como
(el idiota). Como si eso me hiciera un entendido sobre la literatura, como si
eso la haría más ignorante a ella que a mí. Cuando quizás ella si había leído a
todos los autores de renombre y aquellos famosos desconocidos y yo jamás lo
sabría. Porque no podía adivinar que había en su mente, donde comenzaba y
terminaba la mentira para darle lugar a la verdad. Si ninguno de los dos
contábamos nuestras historias como para conocernos más profundamente, como
podía saber yo hasta que punto callaba para no exponerme y hacerme pasar
vergüenza.
-
Un
día podría matarte mientras estas dormido
-
Adelante,
no sé porque lo harías, pero adelante
-
No
lo sé, quizás porque decís que estoy loca, y los locos hacen esas cosas
-
Entre
otras cosas, si
-
Ese
libro que trajiste, ese de Poe, ¿ese tipo estaba loco no?, todos sus relatos
tienen que ver con la muerte o la locura
-
Si,
era un verdadero desquiciado, yo creo que todos sus relatos en verdad eran
historias vividas por él.
-
¿Vos
decís que en verdad le saco todos los dientes a esa chica?, y después lo
escribió como un cuento.
-
Y
porque no
-
No
sé, digo, si era un asesino tendría que haber estado preso, y si era un demente
en un manicomio.
-
No
todos los asesinos van presos, y no todos los locos terminan en el Borda.
-
Y
vos Sebastián, ¿realmente crees que estoy loca? Porque te puedo asegurar que no
estoy loca
-
Los
locos suelen decir esas cosas, y por fin me decís algo de vos, algo que no
tenga que ver con tus historias de sexo
-
Eso
te lo cuento porque me parece divertido, además hace rato que no hablamos de
eso, se que te incomoda y ya no me causa gracia.
-
Mira
vos, sabes algo sobre mi
-
Yo
sé mucho sobre vos aunque no me cuentes nada, yo sé leer a las personas, en
cambio vos solo sabes leer libros.
-
Increíble
-
¿Qué
sepa leer a las personas?
-
-
No,
es la primera vez que tenemos una charla algo profunda, si se quiere. Y no estoy
seguro de querer seguir teniéndola.
-
Te
asusta conocerme, te asusta realmente saber quién soy, preferís vivir con la
incertidumbre al tener que corroborar por mi boca algunas de esas cientos de
sospechas que tenes sobre mí.
-
Yo
no tengo ningún tipo de sospecha
-
Entonces
tomas como un hecho que estoy loca
-
No,
lo que digo es que no tengo ningún tipo de sospecha, porque en realidad no me
interesa saber sobre tu vida. es evidente que así estamos bien, y que esto un día
se va a terminar, entonces para que indagar en cosas que después van a quedar
en la nada, en el olvido. Si me tengo que quedar con algún recuerdo tuyo que
sea este, el presente que vivimos juntos, algo que realmente nos interesa a los
dos. Algo que lo vamos a poder llevar en la piel, si decidimos que así sea,
creo que el resto de nuestras vidas pasadas no tiene importancia para ninguno
de los dos
-
Tal
vez sea cierto, pero eso no implica que no tengas al menos un poco de miedo
-
Entonces
vos también tenes miedo, porque no preguntas nada sobre mi vida.
-
Yo
no tengo miedo, si no pregunto es porque se que no te gusta, y respeto eso.
Llovía de una manera extraordinaria, no podía salir de la casa, no quería
empaparme, sobre todo porque no tenía ropa limpia para mudarme luego de
regresar todo mojado. Camila a veces lavaba algunas ropas mías, que por cierto
no eran muchas. Lo que casi nunca hacia Camila era salir de la casa, solo lo
hacía para comprar algunas cosas necesarias para comer, y debes en cuando se
ausentaba por un tiempo más prolongado de la casa. Pero eso no sucedía muy a
menudo, y yo no le preguntaba donde iba o que hacía. Tampoco me pedía dinero
para hacer las compras, yo a veces le daba, y ella en ocasiones me lo aceptaba.
Si no utilizaba su propio dinero. Camila no trabajaba, yo no sabía cómo obtenía
el poco dinero que tenia, como ella tampoco sabía ni indagaba de donde yo
sacaba mi poco dinero.
Camila me propuso que saliéramos a caminar bajo la lluvia, cosa que a mí
se me antojo completamente descabellada. Solo a ella podía ocurrírsele salir a caminar
con semejante temporal. Obviamente le dije que no, que si quería podía salir a
caminar ella sola, y así lo hizo. No volvió a insistir, no dudo al salir por
la puerta, simplemente se marcho, yo pensé que se ahogaría bajo tremenda
lluvia, o peor aún, que se agarraría tremenda pulmonía y que pasaría no más de
una semana para que muriese de dicha peste. Yo no moriría, ella no me
contagiaría su pulmonía, mi destino seria verla morir, luego no sabría qué
hacer con el cadáver y, simplemente me marcharía como un cobarde. Dejando
pudrir su cuerpo al igual que se pudría aquella casa con las paredes llenas de
dibujos de un niño inexistente, al menos en lo tangible.
Por un momento pensé en salir detrás de ella, solo porque me encontraba
tremendamente aburrido, pero desistí rápidamente de la idea. Así que comencé a
arrancar hojas de distintos libro y me puse a hacer barquitos de papel,
mientras bebía un vino ya abierto con sabor a oxido. Habré hecho unos cincuenta
barquitos, me asome tímidamente por la puerta depositándolos de a uno en aquel
inmenso mar de lluvia. Ninguno habrá llegado a navegar más de un metro, las
gotas que caían sobre aquellos barcos los destrozaban casi de inmediato, haciéndolos
naufragar con todo y tripulación.
Habrán pasado casi dos horas hasta el regreso de
Camila, completamente empapada, tan así que su rostro no se distinguía por la
cantidad de agua que llevaba en el y en su cabello. La descubrí sutilmente
hermosa y cálida, como si aquella lluvia hubiese lavado toda su locura y
tristeza. Pero no pasaron muchos minutos hasta que volvió a ser la misma Camila
de siempre. Se desvistió por completo dejando la ropa desparramada sobre el
suelo, luego recalentó una sopa, siempre desnuda, se sentó a mi lado y comenzó
a sorber con un ruido infernal. No llevaba la cuchara a su boca, nunca lo
hacía, siempre llevaba su boca hacia la cuchara, pero esta vez podía ver como
sus pechos casi se introducían dentro del plato. Lo que si nunca hacia era
sorber la sopa de esa manera, por lo que deduce que lo hacía de forma adrede,
quizás para tratar de molestarme, o porque simplemente estaba molesta. El agua
de sus cabellos mal secos caía dentro del plato y sobre la pequeña mesa que
teníamos. Yo la observaba mientras encendía un cigarrillo. Otra vez la
gestualidad en su rostro de malestar hacia el humo del cigarro, otra vez no me
pidió que lo apagara, yo seguí fumando haciendo caso omiso a su rostro, tal
cual lo hacía siempre.
-
Fue
un paseo hermoso - me dijo finalmente, yo seguí fumando en silencio
-
Tendrías
que haber venido conmigo. ¿alguna vez paseaste bajo la lluvia? – yo seguí
fumando en silencio.
-
Porque
no me contestas, no te cuesta nada, al final voy a terminar pensando que sos
una mierda, y no un pobre tipo.
-
Prefiero
ser una mierda y no un pobre tipo
-
Para
tu información Sebastián, vos sos un pobre tipo, pero eso no quita que también
seas una mierda.
-
Muchas
veces camine bajo la lluvia. Quien no lo hizo alguna vez
-
Yo
no te pregunte si caminaste bajo la lluvia, yo pregunte si alguna vez paseaste
bajo la lluvia, existe una diferencia abismal entre la una y la otra
-
No,
no tengo esa veta romántica, no me inspira pasear bajo la lluvia, en verdad no
me representa nada más que mojarme
Se levantó sin responderme llevando el plato al lavabo, pero
no lo lavo, solo lo dejo ahí. Luego fue a tirarse a la cama, aun algo mojada.
Yo fui detrás de ella y me acosté a su lado. Nos besamos tan apasionadamente
que era indudable que terminaríamos haciendo el amor, pero eso no sucedió.
Camila se dio media vuelta, me pidió que la abrase y se durmió. Yo no me
moleste, raramente me sentí a gusto con aquella situación, y hasta logre
disfrutarlo.
Nos despertamos de madrugada, en verdad fue ella quien se
despertó y me despertó a mí. Al parecer ya no llovía, me pregunto si se me
antojaba tomar café y le dije que sí. Se levantó y se dirigió a la cocina a
prepararlo, yo aproveche para sacarme la ropa con la cual me había quedado
dormido y me incomodaba bastante. Regreso con dos cafés completamente amargos,
se acostó nuevamente a mi lado teniendo la taza de café entre sus manos y su
pecho, como dándose calor, luego me pregunto con un tono despreocupado que
pasaría si los dueños de la casa aparecían para reclamarla. Le respondí que eso
no sucedería, que nos iríamos antes que eso pudiera ocurrir. Ella me dijo que
no estaba tan segura, que ya nos habíamos acostumbrado demasiado a este lugar,
y que también el uno al otro, por más que no nos soportáramos.
Su respuesta me hizo un clic en la cabeza, como que todo
estaba cambiando, como que ya no nos separaríamos jamás. Eso me puso en alerta,
yo no quería quedarme a su lado por más que lo sintiera, y no quería que ella
cambiara de parecer y que llegara a pensar que podríamos tener una vida juntos.
Pero al final, ¿no era eso lo que queríamos? ¿Pero no no animábamos a asumirlo? Trate de evadir la
respuesta pensando en otras cosas, esperando que Camila no volviera al tema.
Por suerte no lo hizo, dio algunos sorbos a su café y volvió a dormirse. En
cambio yo ya no pude pegar un ojo en lo que quedaba de la noche.
Me levante con el sol, no llovía y el día estaba despejado.
Hubiese preferido que este nublado, todo aquel sol haría del día algo
espantosamente húmedo. Prepare unos mates, comprendí que ya no me quedaba
dinero, por lo cual aquel debería ser un día laboral para mí. Pensé en quien me
convertiría, me encontraba algo dubitativo. Tal vez porque ya estaba harto de
aquello, estaba harto de todo. Finalmente me decidí por el sordomudo y, a la
calle salí. Con mi cartel que colgaría de mi pecho con la descripción de que
era sordomudo, y con algunos cuantos papelitos escritos con la misma
descripción para repartir por las calles, trenes o colectivos. También me
quedaría algún rato sentado sobre las escaleras de algún túnel de estación de
tren con la mano estirada y mi amarga lata de puré de tomates oxidada y sin
etiqueta. Lo único que no podía hacer era repetir estaciones o líneas de
colectivo donde me dedicaba a mendigar con otros personajes. Pero mis rutas
estaban perfectamente delineadas en mi mente para cada uno de mis seres
despreciables para la sociedad. Yo mismo, sin ninguno de mis personajes era un
ser despreciable, siendo mi verdadero yo podría pedir limosna tranquilamente.
Después de todo que tanta diferencia había entre esos otros yo y mi verdadero
yo, de seguro no mucha.
Mientras transcurría el día pensé que aquel seria el ultimo,
que buscaría un empleo de verdad donde pasar doce horas encerrado haciendo
alguna labor que ni siquiera sabía hacer, por supuesto detestando dicho
trabajo. Que me levantaría todos los días a las cinco de la mañana, con frio,
con lluvia, con calor. Que luego del trabajo me tomaría unas copas en algún bar
acompañado de algún sándwich, que volvería a casa algo borracho, le hablaría
poco y nada a Camila. Tal vez ella me
preparase algo para cenar o me cebase unos mates, y quizás por piedad me
preguntara como me había ido en el trabajo y si estaba cansado, yo le
respondería con monosílabos y no mucho más que eso. Luego una de esas noches le
haría el amor y la dejaría embarazada, y existiría un lazo entre nosotros que
nos unirá para siempre, aunque algún día nos separásemos. Su panza crecería al
igual que su malestar, le daría algo de dinero para que fuera comprando cosas
para el bebe. Sin duda me pediría que pintara las paredes que ella misma había
dibujado como una niña, para que el día de mañana nuestro hijo volviera a
arruinarlas al igual que lo había hecho su madre. Pasaríamos horas tratando de
encontrar el nombre adecuado, hasta que finalmente yo desistiría y le dejaría
dicha labor solo a ella, con la única condición de que no le pusiera mi nombre
o el de ella si era nena. Entonces un día Camila aparecería con el pecho del
lado izquierdo tatuado con el nombre de nuestro hijo, con la imprudencia, aun
sin la certeza de saber si aquel primogénito seria niño o niña. Y me pediría a
mí que hiciera lo mismo, y yo le diría que por supuesto, pero cuando
estuviéramos seguros del sexo del niño. Una vez seguros yo me haría el tatuaje
más feo y tumbero posible. Un mes antes de que ella diera a luz, yo
desaparecería para siempre, nunca le conocería la cara a nuestro hijo, nunca le
daría nada material y mucho menos cariño. Pero eso sí, para siempre llevaría
grabado en mi piel el nombre de aquel niño, hijo mío que nunca conocería.
Al regresar a casa Camila estaba completamente llena de
sangre, su rostro, su cabello, sus manos, sus ropas. La tome fuertemente de los
ante brazos y observe sus muñecas buscando las laceraciones, pero no las tenía,
no había tratado de cortar sus venas. Me dijo que había sido un accidente,
entonces descubrí el espejo completamente hecho añicos. La puse contra la pared
y comencé a buscar las heridas. Tenía una pequeña en su mejilla izquierda y
otra un poco más grande por debajo de su cuello, cerca de su pecho derecho. “lo
quise acomodar y estallo sobre mi”, le grite que estaba loca, que ya no me
cabían dudas. Me marche, lo hice con la certeza de ya nunca más regresar. Esa
noche dormí en una plaza refugiado bajo un árbol, antes me gaste todo el dinero
reclutado aquel día emborrachándome en un bar hasta la hora de su cierre. Sin
embargo a la mañana siguiente regrese a la casa, con la esperanza de que Camila
ya no estuviera en ella. Sin embargo allí estaba, recostada sobre el colchón,
sin una mancha de sangre, sin ningún pedazo de vidrio desparramado sobre el
suelo, me pidió que me acostara junto a ella. Comenzamos a hacer el amor y me
dijo: “si algún día me embarazas te juro que te mato”
-
Porque
no te vas. ¿Por qué no te vas a buscar a esa persona que tenes que buscar?
-
¿Vos
queres que me vaya y te deje la casa solo para vos?
-
La
casa no nos pertenece a ninguno de los dos, yo no me voy a quedar a vivir acá
para siempre
-
Y
entonces ándate vos.
-
Me
estas interpretando mal, no es que quieras que te vayas. De última sabes que yo
no tengo ningún problema en irme. Simplemente te estoy preguntando. Siempre
repetís la misma frase y, aun estas acá
-
Lo
que pasa Sebastián es que vos me crees loca. Cuando me viste completamente
bañada en sangre habrás pensado que definitivamente había terminado de perder
la cordura.
-
Y
acaso no lo hiciste, al menos por ese momento.
-
No,
ya te dije que fue un accidente, el espejo estallo frente a mi
-
No
importa, no quiero hablar de eso
-
Vos
nunca queres hablar de nada
-
Sin
embargo te hice una pregunta concreta que no respondiste
-
Yo
creo que vos no estás menos desequilibrado que yo, ¿sino porque siempre
regresas?, ¿porque asumís vivir con una persona que no está en sus cabales? Y
no me digas que por piedad o por tratar de ayudarme, porque eso no es cierto
-
Jamás
diría algo así, por empezar no sabría cómo ayudarte. Pero entonces estas
reconociendo que estás loca, o al menos algo desequilibrada.
-
La
que no quiere hablar más soy yo, ya no te soporto Sebastián
_________________
Aquella tarde hacia frio, mucho frio, yo había salido de aquella especie
de pensión en la que vivía entonces a comprar cigarros. En un par de semanas
debería irme porque ya no podía pagar más el alquiler, y hasta el momento no me
había preocupado por buscar otro lugar. Que se yo, era algo que no me
inquietaba mucho, dios o el destino proveerían. Entonces la cruce en una parada
de colectivos, con un vestido veraniego con semejante frio. Me llamo la
atención pero no le di mayor importancia. Seguí hasta el kiosco, compre los cigarrillos
y una petaca de w. De regreso a la pensión aun estaba allí, la observe mas
detenidamente y ella procuro hacer lo
mismo conmigo. Casi que me detuve en mis pasos pero no, seguí andando, entonces
comenzó a seguirme a una distancia no muy prudencial, podía sentirla detrás de
mí. Me detuve sin voltear, ella se detuvo, no siguió su marcha como para
pasarme, entonces renové mi andar con más calma, ella renovó el suyo, esta vez
poniéndose casi a la par mía. Volví a detenerme, pero esta vez la observe y le
dije que hacía mucho frio para un vestido de verano. Me respondió que no lo
tenía, que no era para nada friolenta. Podría haberla confundido con una
prostituta en búsqueda desesperada de algún cliente, ya entrando en el horario
de abstinencia de la cocaína, prácticamente al borde de rifar su cuerpo por una
miserable raya de dudosa cocaína. Pero no, no me pareció ni una puta ni una
adicta, en ese momento no me pareció absolutamente nada. Le convide un cigarro
y me dijo que no fumaba, le convide un trago y me dijo que no bebía. Finalmente
le pregunte si me estaba siguiendo por alguna razón en particular. Me respondió
que si me estaba siguiendo, pero por ninguna razón en particular. Entonces la
invite a tomar unos mates a mi casa, acepto sin exponer la mínima duda.
Inconsciente yo e inconsciente ella, o simplemente dos personas que no tienen
nada por perder. ¿Acaso nunca pensó que podía violarla y asesinarla?, y yo
jamás pensé que podía sacar algún elemento punzante de debajo de sus faldas y clavármelo
en la yugular mientras abría la puerta de mi casa, dejándome desangrar en la
misma y entrando a robar el dinero que guardaba en ella. Pero ninguno de los
dos pensó tales atrocidades, de todos modos yo no tenía un centavo dentro de mi
casa, y mucho menos algo de valor. Si me asesinaba se iba a llevar una gran
decepción. Finalmente tomamos unos mates sin hablar demasiado, al rato se
marcho, sin embargo desde aquel día no nos volvimos a separar.
Las personas se necesitan entre si, pero solo por un tiempo prudencial.
Por eso es que se buscan, se encuentran, se desencuentran o simplemente se
pierden las unas de las otras. Por lógica no somos seres indispensables. Todo
tiene un tiempo de caducidad, hasta las relaciones más profundas, no porque no
sean ciertas, simplemente porque no son indispensables. Somos seres sociables,
claro está, somos adaptables, como también moldeables. Nacemos ya dentro de una
sociedad en la que nos adaptaremos o no, con sus reglas impuestas, obligados a
ser seres sociables casi desde el nacimiento. Resulta imposible esquivar las
relaciones con las personas, es algo impuesto, tal vez no natural. Desde el
mismo seno de la familia, pero tranquilamente podríamos vivir aislados, sin la
obligación de tener grupos de pares, de pertenencia. Seres solitarios,
inadaptados a los ojos de los demás. Por no conformar parte de una sociedad preestablecida, a la que se nos fue obligado conocer y aceptar. Y el que no lo
acepta queda fuera. Es lo injusto de una sociedad, que todo ya está marcado. Lo
injusto de los preconceptos de cómo deben ser las relaciones con los demás. Las
personas no se necesitan para siempre, ni siquiera los hijos necesitan para
siempre de los padres, todo debe comenzar y culminar a su debido tiempo. Antes
que la muerte nos gane de antemano, en ese caso las cosas no estarían
terminadas, no sería el tiempo prudencial de usufructo de una persona de la
otra. Sino que se nos seria arrebatado el tiempo. No estoy hablado de utilizar
a las personas para sacarle un beneficio específico y luego descartarlas. Eso
resultaría inmoral hasta para una persona como yo, sino de que hay que
disfrutar de las personas hasta que su cauce natural diga basta, hasta que ya
no fluya mas, que no tengamos que vernos obligados a nada y podremos volver a
estar solos, sin deberle nada a nadie, que las despedidas no sean tristes, que
ni siquiera existan, así como no existe la vida ni la muerte tal cual como la
tenemos estipulada.
-
Escúchame
Sebastián ¿a vos nunca se te dio por escribir?
-
¿escribir?,
no, ¿qué es lo que debería escribir?
-
Y
no sé, sobre la vida, una novela o algo así
-
Algo así no es nada concreto
-
Sos
inteligente, no mucho, pero creo que has vivido y tenes pensamientos rebuscados
e imaginación. Además mucho tiempo al pedo
-
Si
, tiempo al pedo igual que vos, y no te veo escribir nada
-
Yo
no sabría por dónde empezar, puede ser que sepa de que escribir, pero no sabría
cómo hacerlo. En cambio vos...
-
Yo
que, yo tampoco sabría cómo hacerlo
-
Si
pero podrías intentarlo con mayor facilidad que yo
-
Yo
no sabría sobre que escribir
-
¿No
escribirías sobre nosotros?, ¿o sobre mí en particular?
-
No,
no lo creo, sería una pérdida de tiempo
-
Todo
es una pérdida de tiempo Sebastián, hasta que empezas a hacer algo con ese
tiempo
-
Mira
vos, yo Camila te veo perder mucho el tiempo, o a caso dibujar las paredes es
hacer algo productivo con tu tiempo
-
En
cierta forma sí, pero es algo que no lo entenderías
-
Claro,
indudablemente no estoy capacitado para entender tu arte
-
No,
estas capacitado para ser un pelotudo, cuando vas a dejar la ironía de lado,
cuando vas a demostrar lo que verdaderamente sos, cuando vas a asumir que no te
vas porque realmente aprendiste a amarme
-
Mira
Camila, yo no quiero romperte el corazón, pero verdaderamente no te amo, sos
imprescindible para mi
-
No
me lo rompes, un tipo como vos jamás podría romperme el corazón, aunque te
amara
-
¿vos
me amas?
-
Dije
aunque te amara, no que te amo. Pero en serio ¿nunca escribiste nada?
-
Ya
te dije que no, porque me lo preguntas
-
Porque
de algo tenemos que hablar
-
En
eso estas equivocada, no tenemos obligación de hablar de nada
-
Pero
era muy divertido cuando divagábamos noches enteras sobre la vida, diciendo
cualquier cosa, cosas que ni siquiera creíamos o nos representaban, pero
resultaba muy entretenido
-
En
eso te tengo que dar la razón
-
Pero
con el tiempo te fuiste apagando cada vez más, sos una especie de monstruo
Sebastián.
-
No,
no soy un monstruo, creo que vos estas más cerca de esa definición que yo, yo
simplemente soy un ser abyecto por naturaleza
-
Si,
una naturaleza muerta
Era evidente que Camila había encontrado mis escritos sobre
ella, pero por supuesto que no iba a confesarlo, y estaba seguro que aquello la
hacía sentir especial. Y para ser sincero, me alegraba por ella.
Desde que nos habíamos adueñado de aquella casa no habíamos
hecho nada por ella, excepto las pinturas en las paredes de Camila, nada
habíamos hecho. Después de todo porque lo íbamos a hacer si aquel hogar no
era nuestro. Una respuesta bastante
simplista para dos seres bastantes simples y confundidos. Lo lógico sería
mantener la casa para vivir mejor, pero ni siquiera el pasto cortábamos, la
casa era una mugre, casi nunca la limpiábamos aunque nuestro aseo personal si
era lo suficientemente aceptable. Cuando nos asimos de la casa estaba en un
buen estado, con algo de humedad, pero era un lugar habitable, mas para dos
personas como nosotros. De apoco la fuimos arruinando, yo creo que la casa fue
tomando nuestros carácter, se fue contagiando de nuestra pereza y pesimismo. La
casa absorbía nuestras energías y no al revés. Pobre de ella esperando ser
habitada por seres considerados, que la pintasen, mantuviesen el jardín
prolijo, con algún perro y algún niño correteando por el mismo. Que las
ventanas fueran abiertas para absorber la brisa de la mañana y la energía del
sol que todo lo cura. Pero no, para su desgracia le había tocado estos
inquilinos usurpadores, capaces de destruir cualquier cosa con el simple hecho
de respirar profundamente sobre algo. La atracción negativa potenciada, quizás
eso éramos, quizás eso somos, y tal vez lo seamos toda la vida. O quizás el día
que nos separemos definitivamente nuestras vidas cambien, den un vuelco y se
adapten a otras realidades y, quizás si seamos capaces de cuidar de un jardín y
de la acción tan compleja de abrir una ventana por las mañanas.
Golpearon la puerta, nunca nadie antes había llamado a la
casa, pero no me sorprendió. Atendí en ropa interior y con un cigarrillo en la
boca. Era la policía, y claro, quien mas podía ser. Me entregaron una orden de
desalojo que debíamos cumplir en cuarenta y ocho horas, sino seriamos sacados
por la fuerza pública. Le dije al policía que no se preocupara, que se quedara
más que tranquilo, que esa misma noche dejaríamos la casa. Camila me pregunto
que haríamos, le respondí que irnos, que otra cosa podíamos hacer. Aquel lugar
no nos pertenecía, así que la lógica indicaba que tendríamos que irnos. Como si
la lógica fuese el punto de eje en nuestras vidas. Camila observo las paredes,
luego me pidió que hiciéramos el amor por última vez.
-
Entonces
llego el momento
-
Si
Camila, el momento golpeo a la puerta. Demasiado tiempo lo estiramos
-
Entonces
yo voy a tener que ir a buscarlo, si queres me podes acompañar y después seguís
con tu vida
-
No
Camila, yo no te voy a acompañar a ningún lado
-
Esta
bien, es lo razonable
-
Y
ahora, ¿me podes decir a quien vas a ir a buscar?
-
A
Pablito
-
¿Pablito?
-
Si,
debe tener como cinco años, si tiene cinco años. Hace tanto que no lo veo
-
¿tu
hijo?
-
Si,
quien mas. Pero hace tanto que no lo veo, debe estar grande y lleno de lucidez.
-
Pobre
Camila, búscalo, y procura que no tenga el destino de “rocamadur”
-
¿de
quién?
-
Deja,
no importa. Y todo este tiempo acá conmigo Camila, teniendo un hijo, no me mal
interpretes, no te estoy juzgando
-
Si
lo haces, como lo hicieron todos. Vos pensas que yo estoy loca, y por ese mismo
motivo me separe de Pablito. Porque todos me decían que yo estaba loca.
Entonces decidí irme, porque una madre que no está lucida no puede cuidar de un
hijo
-
Ese
es un pensamiento lo suficientemente lucido
-
Yo
no creo estar loca sabes, en principio lo creí, o me hicieron creerlo. Pero
ahora me doy cuenta que no es así, no soy igual a todos, eso es cierto. Pero
todos somos distintos. O no es así Sebastián, no es verdad que todos somos
diferentes
-
Si,
calculo que es así, pero ciertas diferencias son capaces de dañar a los demás
-
¿Pero
como podría dañar a mi hijo?, eso me lo hicieron creer. Y yo fui una estúpida
que lo creyó
-
Sabes
una cosa Camila, hay veces que le hacemos mejor a las personas estando lejos de
ellas. Y ni siquiera somos nosotros quienes decidimos eso, simplemente nos
alejamos como polos opuestos, y nos atraemos con otros de nuestra misma
estirpe. Nosotros somos dos personas completamente diferentes según mi visión.
Pero sin embargo estamos juntos, porque tenemos algo en común, la autoestima de
la autodestrucción
-
¿vos
decís que no tengo que recuperar a mi hijo? ¿Qué si me acerco a él lo voy a
destruir?
-
No,
yo digo que hagas lo que tengas que hacer. Si vos seguís siendo la misma
persona que sos hoy, y tu hijo es distinto a vos, vas a volver a alejarte, y no
va a ser tu decisión.
Camila tenía un hijo y yo nunca lo había sospechado, o nunca
lo quise sospechar. Pobre Camila, no podía hacer más que sentir pena por ella.
En el fondo yo sabía que jamás recuperaría a su hijo, porque tal vez ni
siquiera fuese real. ¿Como podría saberlo?, solo tenía la opción de optar en
creer o no creer, y esta vez no quería asimilar ninguna de las dos opciones. Me
reprochaba al pensar que si ese niño existiese estaría mucho mejor sin su madre.
Pero ¿quién era yo para hacer semejante juicio de valores? ¿Quién era yo para
juzgar a la pobre de Camila? Se marcharía de la casa con toda la intención de
buscarlo, pero seguramente en el camino divagaría, se confundiría. Quizás tal
cual el día que nos conocimos, tal vez aquel día ella había salido a buscar a
Pablito hasta que se cruzó conmigo y la búsqueda termino. Porque lo creyó
mejor, porque se olvido, o simplemente lo pospuso porque la atracción negativa
de ambos era mucho más fuerte y hasta racional que la idea de buscar a su hijo.
Lo único cierto era que nuestras vidas en paralelo habían llegado a su fin, ya
no mas Camila para mi, ya no mas Sebastián para Camila.
Finalmente la noche llego, completamente iluminada por las
estrellas y una luna gigante que alumbraba de lleno a dicha casa que nos había
acogido por algún tiempo. Camila junto sus ropas, yo no hice lo mismo con las
mías, ella salió antes y comenzó a caminar lentamente por el medio de la calle.
Junte todos los libros hurtados contra un rincón, tire mis pocas ropas encima
de ellos, luego tome los escritos sobre Camila, los prendí fuego, y con ese
mismo arder encendí un cigarrillo. Luego deje caer los papeles escritos sobre
los libros y la ropa. Contemple algunos segundos como las llamas comenzaban avivar
y trepar por las paredes. Me marche, di alcance a Camila, nos detuvimos en la
esquina volteando para ver como las llamas comenzaban a cubrir por completo la
casa.
Caminamos juntos hasta separarnos, sin despedirnos, sin el
eterno adiós que todo lo complica. Intuí que ella lloraba, pero no estaba
seguro de ello, intuí que yo lloraba, pero tampoco pude estar seguro de ello.
Ya no mas Camila, ya no mas Sebastián, ya no mas nosotros.